domingo

Los gritos rebotan en las paredes y se clavan en mis oídos.

Un insulto silenció el ambiente. Al principio resultaban más duros, pero al cabo del tiempo se convirtieron en rutina. Un gracias por joderme la vida chillado. Un tírame a la calle a modo de respuesta. Las lágrimas no me dejan escuchar el resto de la conversación, aunque realmente no sé si quiero oírla. Uno se encierra a ahogar los gritos que le gustaría soltar. Otro sigue hablándole a la nada, desahogándose en quién sabe si son solamente locuras. Ya no reconozco a la pareja de enamorados que fueron un día, quizás hace muchos años, antes si quiera de querer formar una familia como la que se supondría que deberíamos ser hoy.

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